Cada vez que una leve brisa
me roza
con tu olor,
despierta la bestia mezquina
que vive en mí.
Nadie consigue sacarla
de su letargo.
Salvo tú.
Uno podría tirarle del rabo.
Otro podría arrancarle el bigote.
Incluso aquel otro podría cabalgarla,
agarrado a su melena.
Y ninguno la movería.
Salvo tú.
Pero descuida.
No es porque tu mera mención
despierte recuerdos
de vivencias inolvidables.
Ni porque tu presencia
merezca un lugar
en la posteridad de mi alma.
No.
La bestia despierta
para recordarme
que debo recoger
la maldita cruz
de mi debilidad.
me roza
con tu olor,
despierta la bestia mezquina
que vive en mí.
Nadie consigue sacarla
de su letargo.
Salvo tú.
Uno podría tirarle del rabo.
Otro podría arrancarle el bigote.
Incluso aquel otro podría cabalgarla,
agarrado a su melena.
Y ninguno la movería.
Salvo tú.
Pero descuida.
No es porque tu mera mención
despierte recuerdos
de vivencias inolvidables.
Ni porque tu presencia
merezca un lugar
en la posteridad de mi alma.
No.
La bestia despierta
para recordarme
que debo recoger
la maldita cruz
de mi debilidad.

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