Monday, February 26, 2007

"...flirting is a promise of sexual intercourse without a guarantee."

Aquella noche los estímulos sensoriales incrementaron la imaginación.

Estábamos en un lugar sensual, de voces y suspiros, aunque no hubiera ni un milímetro de piel expuesta salvo nuestras manos y nuestras caras.

Hacía frío. Incluso en aquel Wine Bar tan moderno que acababan de inaugurar, con sus vídeos musicales y sus enormes ventanales exponiéndonos a los transeúntes del West End. Muy continental todo.

En una esquina, desde la que se veía todo el local, incluyendo las pantallas que mostraban los encantos naturales de Sabrina Salerno, K y yo nos refugiamos del gélido atardecer Londinense, y nos sumergimos en la insoportable calidez de Kundera, con ayuda de unas pintas de néctar inglés.

Haciendo gala de sus antepasados germánicos, y de una auténtica pronunciación, K insistía: Einmal ist Keinmal
.

Tenía sus motivos. Buscaba seducirme vía la literatura, sabiendo perfectamente que ya me había seducido sin ella. "Una sola vez no significa nada. Es una insignificante nada en el largo tiempo". Tenía sus razones. Conocía mi postura firme y deseaba quebrantarla con palabras de novela, confiando en el romanticismo de la palabra bien escrita, intentando tambalear mi decisión, Der Schwer Entschluss.

Nuestra atalaya fue desaprovechada. Una vez inmersos en la novela, no fuimos conscientes de lo que nos rodeaba. Ni reconocimos lo que ocurría en el espacio reducido del Él y Yo.

Detrás de lectura y análisis, de flirteo literario, de clímax argumental, se leía un tácito entendimiento de no editar el guión existente, de no sucumbir a la voz tentadora del intoxicante vértigo de la debilidad.

Muss es sein?
Ja. Es muss sein.

Wednesday, February 07, 2007

Arantxa vino a pasar un fin de semana largo a Coruña para conocer en persona a su novio cibernético.

Llevaban cinco meses de relación telefónica tras haberse conocido en una página de contactos y haber pasado las semanas iniciales chateando por el messenger.

Era la primera vez que conocía a un chico de este modo.

Todo parecía indicar que la distancia no supondría un problema ya que la "conexión" había sido óptima.

Y efectivamente la distancia no fue un problema.

El problema resultó ser la esposa del susodicho.

Conocí a Arantxa en una cafetería de la calle Juan Flórez donde suelo desayunar en mis ratos libres.

Estaba sentada en la mesa de al lado manteniendo una conversación acalorada por teléfono que no pude evitar oír y que acabó en lágrimas.

Aceptó mi pañuelo sin decir nada.

Y sin preguntarle nada me contó su historia, porque no recordaba la última vez que alguien le había dado un abrazo gratis.
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