La primera vez que mi amiga Alex me llevó a su casa tenía yo quince años.
En plena efervescencia adolescente en la que un alto porcentaje de mi tiempo lo dedicaba a pensar en el sexo opuesto, los nervios me invadieron en el momento en que supe que su hermano Andrew estaría allí.
Nunca lo había visto y pocas veces me había hablado de él. Lo único que sabía era que poseía una belleza física descomunal, que trabajaba para una discográfica, y que era un "amargado sarcástico" que le hacía la vida imposible a ella.
Imponía.
Lo vi de espaldas, vestido de negro, sentado en una esquina del salón sobre unos cojines, escuchando algo que se parecía mucho a The Cure, moviendo los pies. No giró la cabeza cuando entramos, ni hizo ningún gesto de reconocimiento. Siguió inmerso en su mundo. Alex me señaló el sofá y se dirigió a la cocina a buscar algún refrigerio.
Saludé. No recibí respuesta. Es más, subió el volumen de la música. Entonces decidí esperar a Alex antes de volver a hablar, muerta de vergüenza y timidez, con la sensación de que pasaban horas en vez de minutos.
Sonó el teléfono y entonces él giró la cabeza y pude ver su perfecto perfil.
Era hermoso.
Alex hablaba por teléfono. Yo observaba aquella figura negra que parecía molesta por la interrupción de su ensoñación, y sin saber muy bien por qué, sentí ganas de llorar, probablemente por la influencia de aquellos melancólicos acordes y por mi propia incomodidad.
Cuando sonaron las últimas notas de aquel tema, apagó el equipo de música y habló. Dijo mi nombre y pidió que me sentara a su lado.
Me impactó oir mi nombre en su voz rota.
Entonces vi sus ojos que miraban al vacío y entendí que era ciego. Tragué saliva y me quedé petrificada observando sus pupilas blancas, en un silencio quebrado de vez en cuando por las risitas de Alex en el pasillo.
Me preguntó por qué lloraba. Su tono era hostil pero ya firme.
"I don't know".
Y era cierto. Probablemente me pareciera injusto que alguien tan hermoso fuera ciego. Probablemente me asustara que pudiera intuir mi interior de niña insegura y acomplejada. Probablemente la música había tocado alguna cuerda débil dentro de mí.
Acercó su mano a mi mejilla izquierda. Su tacto era frío, firme, pero delicado. Contuve el aliento.
Y mientras sus dedos recorrían mis pómulos mojados, mis párpados, mi frente, mi pelo, y mi nariz...mientras sus dedos se detuvieron en mi boca, trazando el perfil, un escalofrío recorría mi cuerpo. Un escalofrío asexual, intenso.
Apartó la mano y volvió a sonar el mismo tema.
"Tell me what you think of it".
Me embargaba su hermosura, y sentí que una fuerza mayor me obligaba a acercarme todavía más a él.
Mientras le susurraba lo que me inspiraba el tema musical, interrumpida por el nudo en la garganta y las risas de Alex en el pasillo, él sonreía en silencio con los labios prietos.
Una vez más los acordes finales marcaron el principio de un silencio agudo...que él interrumpió para decirme que su visión le permitía entender mi dolor; que él no era menos afortunado que yo, porque veía las almas ajenas de manera mucho más nítida que la mayoría de la gente, y que el futuro me deparaba mucho sufrimiento.
Nunca más le oí hablar.
En plena efervescencia adolescente en la que un alto porcentaje de mi tiempo lo dedicaba a pensar en el sexo opuesto, los nervios me invadieron en el momento en que supe que su hermano Andrew estaría allí.
Nunca lo había visto y pocas veces me había hablado de él. Lo único que sabía era que poseía una belleza física descomunal, que trabajaba para una discográfica, y que era un "amargado sarcástico" que le hacía la vida imposible a ella.
Imponía.
Lo vi de espaldas, vestido de negro, sentado en una esquina del salón sobre unos cojines, escuchando algo que se parecía mucho a The Cure, moviendo los pies. No giró la cabeza cuando entramos, ni hizo ningún gesto de reconocimiento. Siguió inmerso en su mundo. Alex me señaló el sofá y se dirigió a la cocina a buscar algún refrigerio.
Saludé. No recibí respuesta. Es más, subió el volumen de la música. Entonces decidí esperar a Alex antes de volver a hablar, muerta de vergüenza y timidez, con la sensación de que pasaban horas en vez de minutos.
Sonó el teléfono y entonces él giró la cabeza y pude ver su perfecto perfil.
Era hermoso.
Alex hablaba por teléfono. Yo observaba aquella figura negra que parecía molesta por la interrupción de su ensoñación, y sin saber muy bien por qué, sentí ganas de llorar, probablemente por la influencia de aquellos melancólicos acordes y por mi propia incomodidad.
Cuando sonaron las últimas notas de aquel tema, apagó el equipo de música y habló. Dijo mi nombre y pidió que me sentara a su lado.
Me impactó oir mi nombre en su voz rota.
Entonces vi sus ojos que miraban al vacío y entendí que era ciego. Tragué saliva y me quedé petrificada observando sus pupilas blancas, en un silencio quebrado de vez en cuando por las risitas de Alex en el pasillo.
Me preguntó por qué lloraba. Su tono era hostil pero ya firme.
"I don't know".
Y era cierto. Probablemente me pareciera injusto que alguien tan hermoso fuera ciego. Probablemente me asustara que pudiera intuir mi interior de niña insegura y acomplejada. Probablemente la música había tocado alguna cuerda débil dentro de mí.
Acercó su mano a mi mejilla izquierda. Su tacto era frío, firme, pero delicado. Contuve el aliento.
Y mientras sus dedos recorrían mis pómulos mojados, mis párpados, mi frente, mi pelo, y mi nariz...mientras sus dedos se detuvieron en mi boca, trazando el perfil, un escalofrío recorría mi cuerpo. Un escalofrío asexual, intenso.
Apartó la mano y volvió a sonar el mismo tema.
"Tell me what you think of it".
Me embargaba su hermosura, y sentí que una fuerza mayor me obligaba a acercarme todavía más a él.
Mientras le susurraba lo que me inspiraba el tema musical, interrumpida por el nudo en la garganta y las risas de Alex en el pasillo, él sonreía en silencio con los labios prietos.
Una vez más los acordes finales marcaron el principio de un silencio agudo...que él interrumpió para decirme que su visión le permitía entender mi dolor; que él no era menos afortunado que yo, porque veía las almas ajenas de manera mucho más nítida que la mayoría de la gente, y que el futuro me deparaba mucho sufrimiento.
Nunca más le oí hablar.
