El top de lentejuelas escotadísimo llama mucho la atención.
No sólo por su exuberante contenido, sino porque está rodeado de bufandas y chaquetas abrochadas hasta las amígdalas.
Su portadora debe de tener unos taitantos como yo. Es difícil de saber con certeza, debido a sus innumerables capas de maquillaje, innecesarias, pues sí se perciben debajo unos rasgos más o menos harmoniosos y finos. Del cuello hacia abajo no existe finura alguna. Enfunda su cuerpo violonchelo en un atuendo que le asigna un look de prostituta de cómic y, cuando gesticula uno no puede evitar fijarse en el movimiento pectoral con amenaza de desbordamiento.
Nunca hemos hablado, ni me la han presentado, sin embargo siento que la conozco, pues nos informa a diario de sus vaivenes a todos los padres allí reunidos, y seguramente a media comarca también. Habla con quien esté a su lado, como si estuviera desde Tarifa advirtiendo a los sub-saharianos sobre los peligros del estrecho, cuando aún no han entrado en la patera.
Creo, sinceramente, que como pregonera de fiestas no tendría precio.
Incluso como ministra.
Se me antoja una versión Choni de Carmen Alborch en Bruselas, defendiendo por ejemplo, a la hortaliza española.
Siempre está relatando sus percances con "la autoridad". El otro día, era su jefe el injusto ser humano que le exigía una imagen más "sobria" para su quehacer diario.
Y yo me pregunto a qué se podrá dedicar esta buena mujer...No puede tener un "trabajo serio". Hombre, no. Tiene que ser a narices, trapecista, o azafata de un concurso veraniego en la Primera con Ramontxu, o algo donde pueda lucir sus espléndidas piernas. No la veo cambiando sus medias de rejilla por unas de espuma, y un uniforme de cajera por ejemplo. No.
Todo ella es fuerza, vitalidad, energía. Y a pesar de que me revienta los tímpanos estar a menos de un kilómetro de ella, me llama la atención por algo más. No es por su coche tuneado que emite sonidos pa-bum-pa-bum latinos, casi tan estridentes como su propia voz. Lo que me fascina de esa mujer es que es totalmente inconsciente de su efecto sobre los demás. Pasa cual huracán, descarga sus iras contra los mandamases, recoje a su retoño, lo introduce en su coche, y con derrapazo incluído aleja los pa-bum-pa-bumes, su voz y su perfume aplastante, dejando atrás a un puñado de mamás y papás pijos, completamente aturdidos por el fenómeno Pepi.
Yo le llamo Pepi. No tengo ni idea de cómo se llama. Aunque seguramente no puede ser algo tan "sobrio" como Ana, Carmen o María.
Será porque me crié en Londres, en plena época Punk/Disco, donde los imperdibles en la ceja coexistían perfectamente con los colores fosforitos, que me agrada encontrarme con personajes que dan color a este paisaje de pijos conservadores uniformemente vestidos y/o engominados o de pseudo punks que desconocen a Sid Vicious y visten gayumbos comprados por sus madres en "El Corte".
Viva la Pepi.
No sólo por su exuberante contenido, sino porque está rodeado de bufandas y chaquetas abrochadas hasta las amígdalas.
Su portadora debe de tener unos taitantos como yo. Es difícil de saber con certeza, debido a sus innumerables capas de maquillaje, innecesarias, pues sí se perciben debajo unos rasgos más o menos harmoniosos y finos. Del cuello hacia abajo no existe finura alguna. Enfunda su cuerpo violonchelo en un atuendo que le asigna un look de prostituta de cómic y, cuando gesticula uno no puede evitar fijarse en el movimiento pectoral con amenaza de desbordamiento.
Nunca hemos hablado, ni me la han presentado, sin embargo siento que la conozco, pues nos informa a diario de sus vaivenes a todos los padres allí reunidos, y seguramente a media comarca también. Habla con quien esté a su lado, como si estuviera desde Tarifa advirtiendo a los sub-saharianos sobre los peligros del estrecho, cuando aún no han entrado en la patera.
Creo, sinceramente, que como pregonera de fiestas no tendría precio.
Incluso como ministra.
Se me antoja una versión Choni de Carmen Alborch en Bruselas, defendiendo por ejemplo, a la hortaliza española.
Siempre está relatando sus percances con "la autoridad". El otro día, era su jefe el injusto ser humano que le exigía una imagen más "sobria" para su quehacer diario.
Y yo me pregunto a qué se podrá dedicar esta buena mujer...No puede tener un "trabajo serio". Hombre, no. Tiene que ser a narices, trapecista, o azafata de un concurso veraniego en la Primera con Ramontxu, o algo donde pueda lucir sus espléndidas piernas. No la veo cambiando sus medias de rejilla por unas de espuma, y un uniforme de cajera por ejemplo. No.
Todo ella es fuerza, vitalidad, energía. Y a pesar de que me revienta los tímpanos estar a menos de un kilómetro de ella, me llama la atención por algo más. No es por su coche tuneado que emite sonidos pa-bum-pa-bum latinos, casi tan estridentes como su propia voz. Lo que me fascina de esa mujer es que es totalmente inconsciente de su efecto sobre los demás. Pasa cual huracán, descarga sus iras contra los mandamases, recoje a su retoño, lo introduce en su coche, y con derrapazo incluído aleja los pa-bum-pa-bumes, su voz y su perfume aplastante, dejando atrás a un puñado de mamás y papás pijos, completamente aturdidos por el fenómeno Pepi.
Yo le llamo Pepi. No tengo ni idea de cómo se llama. Aunque seguramente no puede ser algo tan "sobrio" como Ana, Carmen o María.
Será porque me crié en Londres, en plena época Punk/Disco, donde los imperdibles en la ceja coexistían perfectamente con los colores fosforitos, que me agrada encontrarme con personajes que dan color a este paisaje de pijos conservadores uniformemente vestidos y/o engominados o de pseudo punks que desconocen a Sid Vicious y visten gayumbos comprados por sus madres en "El Corte".
Viva la Pepi.
