Sunday, November 13, 2005

Ha llegado el momento de cerrar este blog.

Un capítulo más al que le pongo punto y final.

Tal vez retome algún día la trama y decida pulirla.

Pero hoy por hoy esta bitácora ha perdido su razón de ser.

Hasta siempre.

Gracias.

Wednesday, November 09, 2005

Mrs. Schiannini era una dama escocesa que estaba muy gorda; obesa.

Casada con un elegante y cortés italiano, se ocupaba de administrar una pensión en pleno centro de Soho.

Por alguna extraña razón que nadie me explicó, los inquilinos de su casa georgiana eran siempre hombres chinos sin familia.

Mientras Mrs. Schiannini pasaba el día encerrada en casa, sin recibir apenas visitas, su apuesto marido se encargaba de hacer la compra y de traer a casa la prensa, que luego ella diseccionaba minuciosamente todas las tardes después de comer.

Al poco de nacer yo, mi madre empezó a llevarme al trabajo.

Mrs. Schiannini decidió que la pequeña maRia tenía, en realidad, "cara de Lola", y así me rebautizó en aquella casa en la que, hasta muchos años después, maRia se quedaba en el umbral y se convertía en "Loula" nada más entrar.

Mrs. Schiannini era muy gorda.

Era tan gorda que le costaba moverse, y estaba sometida a un régimen estricto que incumplía cada vez que su marido salía de casa.

Cuando desde su ventana veía al señor Schiannini doblando la esquina de su calle, abría el cajón de la mesa y me daba veinte peniques para salir a comprar un helado de cucurucho para ella y otro para mí.

Nunca fui capaz de decirle que, debido a la inflación, aquellos veinte peniques que me daba alcanzaban tan sólo para comprar un helado, y que yo ponía el dinero que faltaba, sacado de mi paga.

Vivía enteradísima de lo que ocurría por ejemplo en el Kremlin. Me explicaba que había crisis de petróleo, que el cambio de gobierno en Inglaterra de Laborista a Conservador podría traer prosperidad para el país...y sin embargo no tenía ni idea de lo que costaba un helado de cucurucho en su barrio.

Vivía en su mundo de largas tardes de lectura, sentada al lado de su ventana, o jugando al solitario con aquella baraja de póker sin copas ni oros.

Su único contacto con el mundo cotidiano del barrio éramos mi madre, con su limitado inglés, y yo. No retengo en la memoria ninguna imagen de Mr. and Mrs. Schiannini conversando, sin embargo atesoro recuerdos de horas y horas compartidas con aquella dama escocesa gorda que olía a repostería; de aquella señora que intercambiaba conmigo historias de la literatura o de la historia por retazos de vida cotidiana en el Soho de los años setenta.

Allí en aquella cocina abríamos puertas a mundos incompatibles. Yo la paseaba por nuestro barrio, mientras ella alentaba mi curiosidad por tiempos que solamente existían en sus libros viejos.

A pesar de las décadas que nos separaban, fuimos cómplices de esa fusión de espacios, en un espacio con olor a canela y pergamino.

Wednesday, November 02, 2005

Alguien me ha dicho que le parezco la mujer más completa que ha conocido.

Me resulta curioso, justo ahora que tengo la sensación de haber sido borrada por una inmensa goma Staedtler.

Siempre queda algún trazo de esos que no se consiguen eliminar por mucho que uno cargue.

El espejo me devuelve tan sólo la silueta gruesa.

Falta redefinir la mirada y dibujar la sonrisa.

Con tinta permanente.
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