Cuando Margaret Thatcher llegó al poder allá en los años setenta, nos quitó la leche gratis en la escuela.
Hasta ese momento, todos los niños de primaria disfrutábamos de un cartoncito de leche gratis al día.
Cuando la dama de hierro nos dejó sin calcio, yo perdí el privilegio de ir al despacho de la directora todos los días.
No me gustaba la leche si no era fría de la nevera, y por razones que no recuerdo me concedieron el capricho a mí, y solamente a mí, de ir todas las mañanas al despacho de Mrs Aistrop a recoger mi cartoncito en su nevera particular.
Llamaba a su puerta, me mandaba pasar, nos dábamos los buenos días, yo me dirigía a su nevera, retiraba mi cartoncito de leche friísima, introducía la pajita, y mientras le daba las primeras chupadas me quedaba mirando embobada sus numerosas estanterías. El ritual era siempre el mismo. Ella me preguntaba si había leído tal o tal libro, y me hacía recomendaciones. Yo le daba las gracias, y salía de su despacho sintiéndome una privilegiada por poder entrar en aquel lugar sagrado de libros viejos de cuero al que ningún otro niño entraba normalmente.
Margaret Thatcher acabó con eso.
De todos modos conseguí otro privilegio todos los martes, el día de biblioteca.
Nuestra biblioteca era un aula de clase con armarios empotrados que permanecían cerrados bajo llave todos los días excepto el martes. Ese día, durante toda la mañana, bajábamos de clase en clase a escoger tres libros cada uno para que nos duraran toda la semana. Los propios alumnos nos turnábamos para ejercer de bibliotecarios de dos en dos bajo la vigilancia de la bibliotecaria oficial.
A mí siempre me sabía a poco el tiempo que me tocaba estar "encargada", y nunca me llegaban los tres libros, así que un martes, al no encontrar a la bibliotecaria por ninguna parte, decidí ir al despacho de Mrs Aistrop a explicárselo a ella.
Al llamar a la puerta no recibí respuesta. Tendría que haber dado media vuelta y regresado a la biblioteca, y sin embargo probé la manilla, y vi que la puerta se abría.
Entré dispuesta a dejarle una nota y me encontré con la bibliotecaria sentada en la mesa de la directora, de piernas abiertas, de cara a las estanterías, de espaldas a la puerta, jadeando.
Supe que sus gemidos no procedían de su amor por la literatura porque pude distinguir la cabeza canosa del conserje moviéndose entre sus piernas.
Quise salir sin hacer ruído, pero caminar hacia atrás nunca se me ha dado bien, y tropecé con algo.
Nunca se me olvidará la cara de la bibliotecaria.
Nunca llegué a saber por qué eso estaba ocurriendo en el despacho prohibido.
Nunca llegué a cruzar más de dos palabras con ella posteriormente, pero a partir de entonces pude pasar TODA la mañana del martes, todas las semanas, trabajando de bibliotecaria , y, lo que era mejor, podía llevarme cinco libros a casa.
Y dejé de acordarme de los muertos de Margaret Thatcher.
Hasta ese momento, todos los niños de primaria disfrutábamos de un cartoncito de leche gratis al día.
Cuando la dama de hierro nos dejó sin calcio, yo perdí el privilegio de ir al despacho de la directora todos los días.
No me gustaba la leche si no era fría de la nevera, y por razones que no recuerdo me concedieron el capricho a mí, y solamente a mí, de ir todas las mañanas al despacho de Mrs Aistrop a recoger mi cartoncito en su nevera particular.
Llamaba a su puerta, me mandaba pasar, nos dábamos los buenos días, yo me dirigía a su nevera, retiraba mi cartoncito de leche friísima, introducía la pajita, y mientras le daba las primeras chupadas me quedaba mirando embobada sus numerosas estanterías. El ritual era siempre el mismo. Ella me preguntaba si había leído tal o tal libro, y me hacía recomendaciones. Yo le daba las gracias, y salía de su despacho sintiéndome una privilegiada por poder entrar en aquel lugar sagrado de libros viejos de cuero al que ningún otro niño entraba normalmente.
Margaret Thatcher acabó con eso.
De todos modos conseguí otro privilegio todos los martes, el día de biblioteca.
Nuestra biblioteca era un aula de clase con armarios empotrados que permanecían cerrados bajo llave todos los días excepto el martes. Ese día, durante toda la mañana, bajábamos de clase en clase a escoger tres libros cada uno para que nos duraran toda la semana. Los propios alumnos nos turnábamos para ejercer de bibliotecarios de dos en dos bajo la vigilancia de la bibliotecaria oficial.
A mí siempre me sabía a poco el tiempo que me tocaba estar "encargada", y nunca me llegaban los tres libros, así que un martes, al no encontrar a la bibliotecaria por ninguna parte, decidí ir al despacho de Mrs Aistrop a explicárselo a ella.
Al llamar a la puerta no recibí respuesta. Tendría que haber dado media vuelta y regresado a la biblioteca, y sin embargo probé la manilla, y vi que la puerta se abría.
Entré dispuesta a dejarle una nota y me encontré con la bibliotecaria sentada en la mesa de la directora, de piernas abiertas, de cara a las estanterías, de espaldas a la puerta, jadeando.
Supe que sus gemidos no procedían de su amor por la literatura porque pude distinguir la cabeza canosa del conserje moviéndose entre sus piernas.
Quise salir sin hacer ruído, pero caminar hacia atrás nunca se me ha dado bien, y tropecé con algo.
Nunca se me olvidará la cara de la bibliotecaria.
Nunca llegué a saber por qué eso estaba ocurriendo en el despacho prohibido.
Nunca llegué a cruzar más de dos palabras con ella posteriormente, pero a partir de entonces pude pasar TODA la mañana del martes, todas las semanas, trabajando de bibliotecaria , y, lo que era mejor, podía llevarme cinco libros a casa.
Y dejé de acordarme de los muertos de Margaret Thatcher.
