No me admitieron en Maria Fidelis en septiembre porque tenían preferencia las niñas que venían de colegios primarios católicos. Mientras encabezaba la lista de espera, mis padres me matricularon en Sarah Siddons, un colegio de niñas con pésima reputación, que al menos no exigía uniforme; con vestir de azul marino era suficiente.
Mi aspecto de niña bien, con ropa limpia y planchada, con melenita y horquillas de colores, y mi cara de no haber pisado una hormiga en mi vida, contrastaba bastante con mi subversión interna, mi incapacidad para callarme ante una injusticia, y la picardía innata de cualquier hija de Soho.
En realidad no sé como no acabé al menos en el hospital con la cara desfigurada.
Lucy-Anne era una niña bien grande y gorda cuya interpretación del Padrino de Puzo pasó desapercibida por la Academia de Hollywood. Yo, en cambio, tuve el honor de ser la elegida para presenciar su actuación de mafiosa de once años. Ella y sus dos lacayos se sentaban detrás de mí y disfrutaban pegándome golpecitos con sus reglas. Yo me debatía entre tragar mi orgullo y soportar esas "pequeñas molestias", o arriesgarme a que en el recreo me clavaran una navaja y me tiraran a un contenedor.
Puede parecer exagerado para quien no conociera ese colegio, donde los ascensores estaban constantemente fuera de servicio porque las mayores se drogaban en ellos, donde las ambulancias acudían con casi tanta frecuencia como al hospital para llevarse a chicas heridas con armas blancas, donde las chicas más fuertes y brutas competían en la liga de peleas entre colegios de la zona.
Un buen día en clase de francés, maRía llegó al límite. Se levantó, agarró su silla y amenazó a Lucy-Anne y a sus dos perritos falderos con deshacerles las cabezas si volvían a tocarle con las malditas reglas. La pobre Madame profesora casi sufrió un infarto al ver a su alumna modelo arriesgarse a ser acuchillada en el recreo y abandonada en un contenedor. Me mandó al pasillo a reflexionar sobre mi comportamiento.
Si no hubiera tenido que dejar mi mochila en clase, me habría largado a casa para no volver nunca jamás. Sabía que tenía los días contados, y que en cualquier momento, mis pobres padres se quedarían sin su única hija. Me venían a la mente las imágenes de mi madre desconsolada llorando ante el contenedor de basura.
Al término de la clase, la profesora me "aconsejó" que fuera al despacho de la directora a contarle lo sucedido. Nadie en su sano juicio iría a chivarse a la directora, y aunque no veía muchas posibilidades de evitar mi cruel desenlace en el contenedor, sabía que eso "no se hacía".
Aún tenía que volver a entrar en el aula a recoger mis pertenencias, y la versión femenina de Marlon Brando todavía seguía allí sentada, entre las que desempeñaban el trabajo sucio.
Armándome de valor y sin levantar la mirada del reflejo de mi cara de cadáver en mis zapatos de charol, entré con paso firme, me dirigí al pupitre, cogí mis libros, mi mochila y mi chaqueta, sin que ellas me dijeran ni una sola palabra, y me fui corriendo a la parada de bus, pensando que me harían sufrir unos días, para luego acuchillarme por la espalda cuando menos me lo esperase, y tirarme en el contenedor más cercano.
No me atreví a decir nada en casa, y por lo tanto al día siguiente no me quedó más remedio que volver al colegio y sentarme delante de ellas en clase.
Justo antes de empezar la clase de francés, Lucy-Anne me informó con un tono de voz suficientemente alto para que todas oyeran, de que al final de la clase quería hablar conmigo.Eso me desconcertó, y pasé la hora de clase escribiendo una solemne y dramática carta de despedida a mis padres.
Cuando sonó el timbre, y toda la clase salió disparada temiéndose lo peor, Lucy-Anne se me acercó sonriendo con cara de sádica, me puso una mano en el hombro, me dijo que por culpa de mi pinta de estúpida niña de papá, no se había dado cuenta de lo "cool"que era, y que quería mi ayuda con sus deberes de francés.
En los seis meses que permanecí en ese centro, nunca más temblé al pasar por delante de un contenedor.
Mi aspecto de niña bien, con ropa limpia y planchada, con melenita y horquillas de colores, y mi cara de no haber pisado una hormiga en mi vida, contrastaba bastante con mi subversión interna, mi incapacidad para callarme ante una injusticia, y la picardía innata de cualquier hija de Soho.
En realidad no sé como no acabé al menos en el hospital con la cara desfigurada.
Lucy-Anne era una niña bien grande y gorda cuya interpretación del Padrino de Puzo pasó desapercibida por la Academia de Hollywood. Yo, en cambio, tuve el honor de ser la elegida para presenciar su actuación de mafiosa de once años. Ella y sus dos lacayos se sentaban detrás de mí y disfrutaban pegándome golpecitos con sus reglas. Yo me debatía entre tragar mi orgullo y soportar esas "pequeñas molestias", o arriesgarme a que en el recreo me clavaran una navaja y me tiraran a un contenedor.
Puede parecer exagerado para quien no conociera ese colegio, donde los ascensores estaban constantemente fuera de servicio porque las mayores se drogaban en ellos, donde las ambulancias acudían con casi tanta frecuencia como al hospital para llevarse a chicas heridas con armas blancas, donde las chicas más fuertes y brutas competían en la liga de peleas entre colegios de la zona.
Un buen día en clase de francés, maRía llegó al límite. Se levantó, agarró su silla y amenazó a Lucy-Anne y a sus dos perritos falderos con deshacerles las cabezas si volvían a tocarle con las malditas reglas. La pobre Madame profesora casi sufrió un infarto al ver a su alumna modelo arriesgarse a ser acuchillada en el recreo y abandonada en un contenedor. Me mandó al pasillo a reflexionar sobre mi comportamiento.
Si no hubiera tenido que dejar mi mochila en clase, me habría largado a casa para no volver nunca jamás. Sabía que tenía los días contados, y que en cualquier momento, mis pobres padres se quedarían sin su única hija. Me venían a la mente las imágenes de mi madre desconsolada llorando ante el contenedor de basura.
Al término de la clase, la profesora me "aconsejó" que fuera al despacho de la directora a contarle lo sucedido. Nadie en su sano juicio iría a chivarse a la directora, y aunque no veía muchas posibilidades de evitar mi cruel desenlace en el contenedor, sabía que eso "no se hacía".
Aún tenía que volver a entrar en el aula a recoger mis pertenencias, y la versión femenina de Marlon Brando todavía seguía allí sentada, entre las que desempeñaban el trabajo sucio.
Armándome de valor y sin levantar la mirada del reflejo de mi cara de cadáver en mis zapatos de charol, entré con paso firme, me dirigí al pupitre, cogí mis libros, mi mochila y mi chaqueta, sin que ellas me dijeran ni una sola palabra, y me fui corriendo a la parada de bus, pensando que me harían sufrir unos días, para luego acuchillarme por la espalda cuando menos me lo esperase, y tirarme en el contenedor más cercano.
No me atreví a decir nada en casa, y por lo tanto al día siguiente no me quedó más remedio que volver al colegio y sentarme delante de ellas en clase.
Justo antes de empezar la clase de francés, Lucy-Anne me informó con un tono de voz suficientemente alto para que todas oyeran, de que al final de la clase quería hablar conmigo.Eso me desconcertó, y pasé la hora de clase escribiendo una solemne y dramática carta de despedida a mis padres.
Cuando sonó el timbre, y toda la clase salió disparada temiéndose lo peor, Lucy-Anne se me acercó sonriendo con cara de sádica, me puso una mano en el hombro, me dijo que por culpa de mi pinta de estúpida niña de papá, no se había dado cuenta de lo "cool"que era, y que quería mi ayuda con sus deberes de francés.
En los seis meses que permanecí en ese centro, nunca más temblé al pasar por delante de un contenedor.
